Creo que todo empezó con una picadura.

Un mediodía de verano de hace cinco años, pasando bajo las ramas de un árbol, algo me picó en la espalda.

No sé qué era porque instintivamente le di un manotazo y no me di la vuelta a mirar. Di por hecho que había sido una avispa porque me tienen una especial manía persecutoria. Pero, esa es otra historia.

El caso es que me salió una ampolla de cuidado en la parte baja del omoplato, un lugar accesible donde los haya.

Me costó dios y ayuda hacerme una foto con el móvil para ver que aspecto tenía. La verdad es que tenía muy mala pinta y mi gel de aloe vera que uso para todo no me hacía gran cosa.

Fui a la farmacia porque el farmacéutico es un hombre mayor con muchos conocimientos y, sinceramente, me trata mejor que mi médica.

El farmacéutico, cuando le expliqué qué me había ocurrido se quedó pensando.

  • ¿pasabas por debajo de un árbol? – me preguntó – ¿me lo dejas ver?
  • Claro

Me levanté la camiseta para que viera mi espalda y me preguntó si había visto al bicho. Le dije que no.

No es una picadura de avispa. Eso puede ser o una garrapata de los árboles o una clase de araña del tipo viuda negra que es autóctona de por aquí. Bueno, nunca lo sabremos.

Me dio una pomada antibiótica o antihistamínica o ambas, no pregunté demasiado, la verdad.

Me estuve poniendo la pomada, pero aquello iba aumentando de grosor de dureza y de picazón.

Volví a la farmacia y me dijo que eso era un proceso normal y largo, que, si tenía otros síntomas como dolores de cabeza, vómitos y demás que fuera al médico. Como no tuve nada de eso, no fui.

Esa picadura duró meses. Un día me cansé, me pinché como pude por uno de los lados con una aguja hipodérmica y apreté como si me fuera la vida y salió una especie de grasa blanquecina tipo las que salen de un grano de acné (perdón por ser tan gráfica, pero lo quiero contar tal cual fue).

Se volvía a llenar y la volvía a vaciar, lo cual, te aseguro, no era tarea fácil por el sitio en el que estaba.

Han pasado cinco años, ha quedado una cicatriz y, de vez en cuando aún se llena un poco y la vuelvo a vaciar.

¿Tuvo esto algo que ver con lo que pasó después? No lo sé, pero, por alguna razón siempre me vuelve a la cabeza una y otra vez.

Pasaron tres años y, progresivamente, empecé a sentir un cansancio que iba en aumento.

Primero, le echas la culpa al tiempo, es invierno, ya llegará la primavera…

Pero, cuando llegó la primavera estaba mucho más cansada. Me resultaba difícil hacer las tareas más comunes.

Meses después empezó a hincharse mi barriga.

Soy ovolactovegetariana desde hace más de cuarenta años y mi alimentación es bastante sana. O debo decir era, porque cuando empecé a sentirme tan sumamente cansada, reconozco que empecé a abusar de las tortillas de patatas y la ensaladilla rusa precocinadas. A veces, hacerme la comida era una tarea heroica.

Pero, en casa, comía ligero porque tengo hernia de hiato desde que nací y en mi estómago cabe lo que cabe. Cuando salía a comer fuera con amigos o a casa de mi hija, era un poema. Al rato, mi barriga empezaba a hincharse como si fuera un globo.

Cuando llegaba a casa me tenía que tumbar en el sofá a digerir en plan serpiente que se acaba de comer un cordero.

Tampoco es que comiera demasiado, solo diferente, porque, como digo, la capacidad de mi estómago es limitada.

Poco tiempo después empezó a ocurrirme lo mismo cuando comía en mi casa.

Varios meses más tarde se sumó otro “síntoma” aún más extraño. Todos los días, independientemente de la hora a la que me levantara o comiera (lógicamente estuve observando todos los detalles) a las seis de la tarde me entraba una especie de narcolepsia que me dejaba dormida irremediablemente estuviera haciendo lo que estuviera haciendo (excepto si caminaba o conducía). Era una sensación de me estoy durmiendo, que raro, y a los pocos minutos, mi cabeza podía caer sobre el ordenador o sobre el crochet o sobre lo que estuviera haciendo. Era absolutamente irresistible.

Probé a levantarme y lavarme la cara cuando eso ocurría. Me despejaba unos minutos, pero volvía. Pasaba una media o una hora en un estado en el que no era capaz de despertarme, pero en el que tampoco me dormía del todo. Si intentaba hacerme la siesta, era solo una especie de somnolencia, no llegaba a dormir del todo.

Así pasaron meses. Estaba siempre cansada, cada vez que comía mi barriga se hinchaba más y más, parecía que fuera a tener sextillizos y cada vez bajaba menos después. Y alrededor de las seis de la tarde, como un reloj suizo, llegaba el sueño irresistible. Si no comía, mi barriga no se hinchaba, pero el sueño llegaba igual. El cansancio no se iba nunca.

Llegó el cambio de hora y el cambio de lo que yo llamaba “mi narcolepsia” cambió con él.

Al final, me decidí a ir a ver a mi médica. La consulta fue patética. La hinchazón del vientre la justificó con gases, el cansancio con sedentarismo (a esas alturas, es verdad que mi ejercicio se limitaba a sacar a los perros y mi trabajo me costaba) y a “mi narcolepsia” me dijo que era sugestión, que no existía ninguna enfermedad que funcionara con horario fijo. Salí de allí, igual que había entrado…

Si quieres saber como continúa la historia, la tienes en la siguiente entrada ››

 

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