Salí de la consulta con una mezcla extraña de enfado y esperanza. Enfado porque, sinceramente, sentía que no me habían tomado demasiado en serio. Esperanza porque, al menos, esta vez me habían mandado análisis. Algo es algo.

Cuando uno no se encuentra bien, se agarra a cualquier mínima señal de que alguien va a mirar un poco más allá. Yo me fui a casa pensando que, bueno, quizá todo tuviera una explicación sencilla. Algo que se arreglara con una pastilla, una dieta, o cualquiera de esas soluciones médicas normales y corrientes que te devuelven a tu vida sin demasiada épica.

Mientras esperaba los resultados seguí con mi rutina habitual, o lo que en ese momento podía considerarse rutina. Porque a esas alturas, mi energía ya era bastante discutible. Había días en los que levantarme del sofá requería una negociación interna seria. No dramática, pero sí pesada, como si el cuerpo se hubiera vuelto perezoso de golpe.

La barriga seguía a lo suyo. Hincharse sin el menor pudor. Yo ya había normalizado una situación completamente absurda: comer algo y parecer una embarazada a punto de dar a luz. A veces me miraba en el espejo y pensaba que aquello no podía ser normal, pero como nadie parecía alarmarse demasiado, acabas dudando hasta de tu propio criterio.

Que esa es otra.

Cuando algo raro te ocurre de forma progresiva, tu cerebro hace cosas muy curiosas. Te acostumbras. Lo justificas. Le quitas importancia. “Será la edad”, “serán gases”, “será cualquier tontería”. Supongo que es un mecanismo de defensa bastante eficaz, porque si uno se tomara en serio cada cosa extraña que siente en el cuerpo, viviría permanentemente en urgencias.

El cansancio tampoco mejoraba. Pero yo seguía convencida de que los análisis traerían alguna respuesta tranquilizadora. Algo tipo déficit de hierro, falta de vitaminas, cualquier cosa de esas que suenan casi reconfortantes dentro de lo que cabe. Problemas con nombre sencillo y solución rápida.

Recuerdo perfectamente la sensación de aquellos días. Una especie de pausa rara en la que, por un lado, seguía encontrándome fatal, y por otro, mantenía la absurda esperanza de que todo se resolvería con una explicación lógica y poco emocionante.

Porque uno siempre cree que lo grave les pasa a otros.

Entre tanto, mi famosa “narcolepsia de las seis de la tarde” seguía funcionando como un reloj suizo. Daba igual lo que estuviera haciendo. Podía estar trabajando, leyendo, haciendo crochet o mirando al infinito. A esa hora, el sueño llegaba con una autoridad absolutamente incuestionable.

Yo ya bromeaba con ello. Decía que mi cerebro tenía horario de funcionario. A las seis, cierre de actividad. Pero, en el fondo, aquello empezaba a inquietarme de verdad. No parecía un simple cansancio. Era más bien un apagón.

Y aun así, no te alarmas del todo.

Porque estás esperando los análisis.

Porque “seguro que no es nada”.

Porque alguien con bata blanca ya te ha dicho que no te inventes cosas.

Así que seguí esperando.

Convencida de que en unos días todo tendría una explicación razonable.

Sigue la historia en la siguiente entrada  ››

Y si acabas de llegar te recomiendo empezar por el principio

Scroll al inicio
Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para fines de afiliación y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos.
Privacidad