Después de la visita a la doctora volví a casa con la sensación de desconcierto. No solo no me había dado ninguna solución, sino que encima había insinuado que lo del sueño repentino e irremediable me lo estaba inventando.
Seguí con mi vida con los mismos problemas y con mi cansancio y mi barriga aumentando de tamaño hasta que quedó así. Era una mujer con más de sesenta años con barriga de embarazada que, a esas alturas ya caminaba con bastón porque a todo eso se sumó, además una falta de equilibrio creciente. Iba por la calle tambaleándome ligeramente, sin sensación de mareo ni nada parecido. Mis piernas funcionaban correctamente, pero era incapaz de mantener una trayectoria recta.
A ese desequilibrio se sumó después la dificultad para calcular las distancias al bajar escaleras. No era un problema de vista porque de la vista estaba fenomenal. No sabía que era, pero cada vez se acentuaba más y más.
Luego empezó la disnea. Andaba un poco y me faltaba el aliento. Llegó un punto en el que, para sacar a los perros en la montaña al lado de casa, tenía que ir con bastón y con una silla plegable que había comprado en un bazar. Una silla baja, tipo taburete triangular, que se plegaba y me la colgaba a la espalda. Cuando respirar se me hacía casi imposible, desplegaba la silla y me sentaba hasta recuperar el aliento y seguíamos otro poquito.
La situación se hacía ya insostenible. Levantarme de la cama o del sofá era un acto heroico y me tenía que ayudar del bastón. Para caminar por la casa me tenía que apoyar en los muebles o las paredes. La barriga me pesaba tanto como si, de verdad, llevara una o dos criaturas dentro: Para quitarle hierro al asunto (porque el humor que no falte) y decía que llevaba sextillizos.
Volví a la consulta de la doctora. Esta vez ya iba cabreada como una mona.
Cuando me vio entrar con la barriga y el bastón y jadeando como un galgo después de una carrera, simplemente me preguntó:
- ¿a ti que te pasa?
Y le relaté todo el proceso que había ido teniendo en ese tiempo hasta llegar a esa situación.
Me miró con bastante incredulidad, pero, por lo menos, esta vez, me hizo hacer análisis de sangre y orina.
Sigue leyendo en la próxima entrada porque, cuando fui a por lo resultados, la conversación no tiene desperdicio ››
Y si acabas de llegar te recomiendo empezar por el principio



