Hola, soy Muriel.
Lo que quiero contarte en esta web es mi historia. Mi testimonio. No porque crea que mi caso sea único ni extraordinario, sino precisamente porque puede que no lo sea en absoluto.
Soy naturópata y me he dedicado toda la vida a las terapias naturales. Siempre he hecho deporte. No soy una gran deportista ni una atleta de élite, sino una persona normal que se ha ido apañando como ha podido para mantenerse activa entre el trabajo, los hijos, la casa y las mil obligaciones cotidianas.
La natación ha sido mi base. Eso nunca lo he dejado. Luego, según el momento de la vida, añadía lo que podía: estiramientos, algo de baile, bici estática cuando el tiempo no daba para más. Nada heroico. Vida normal.
En cuanto a la alimentación, soy ovolactovegetariana desde hace más de cuarenta años. Siempre he llevado una dieta que considero sana y equilibrada, sin carencias de proteínas y con una suplementación más que correcta.
También debo confesar algo: soy muy golosa. Me pierde el chocolate. Y sí, he abusado un poco. Pero hablamos de chocolate negro, con porcentajes altos, entre el 70 % y el 95 %. No precisamente tabletas de azúcar con colorante.
Alcohol he bebido, claro, como cualquier ser humano social. Más en la juventud, cuando salía de fiesta, aunque jamás me he emborrachado ni he sido de excesos. Con los años, su consumo quedó reducido a celebraciones puntuales: cumpleaños, comidas familiares, alguna copa de cava… lo normal y poquito porque luego tenía que conducir y he seguido las normas a rajatabla.
Te cuento todo esto porque es importante.
Porque nada de lo que vino después parecía tener ningún sentido.
Hace dos años empecé a estar cansada. Muy cansada. Un cansancio difícil de explicar, desproporcionado, extraño. Al mismo tiempo, mi vientre comenzó a hincharse de una forma exagerada.
Al principio ocurría tras comidas festivas. Al rato, mi barriga se inflaba de manera casi cómica, como si estuviera esperando sextillizos. Tardaba muchísimo en bajar… hasta que un día, simplemente, dejó de hacerlo.
Y ahí ya no hubo bromas posibles.
Finalmente acudí al médico porque aquello no podía ser normal. En la primera visita no obtuve absolutamente nada. Me despacharon con explicaciones genéricas sobre los cambios del cuerpo femenino con la edad, la normalidad de ciertas alteraciones y la promesa implícita de que todo sería algo transitorio.
Pero no fue transitorio.
Pasaron los meses. Mi barriga de sextillizos seguía allí. El cansancio se volvió brutal. Y empezaron a aparecer síntomas aún más inquietantes: ligeras pérdidas de equilibrio, sensación de inestabilidad, especialmente al bajar escaleras. Nada escandaloso, pero profundamente mosqueante.
Volví a consulta. Esta vez, probablemente debido a mi insistencia, me solicitaron análisis de sangre y orina.
Cuando llegaron los resultados viví una de las situaciones más humillantes, violentas y desagradables que he experimentado jamás en una consulta médica.
La doctora miró los análisis, levantó lentamente la cabeza y me observó por encima de las gafas con una mirada inquisidora, cargada de sospecha, como si yo estuviera sentada allí no como paciente, sino como acusada.
Su primera pregunta fue seca, cortante:
— ¿Bebes?
La forma de decirlo me descolocó.
— ¿Alcohol? —pregunté, sinceramente desconcertada.
— Claro.
Expliqué con total normalidad que mi consumo era ocasional, limitado a celebraciones. La respuesta fue otra mirada, aún más dura, aún más incómoda.
— ¿Seguro? ¿No bebes todos los días?
En ese momento comprendí perfectamente lo que estaba ocurriendo.
No era una consulta.
Era un interrogatorio.
Las transaminasas estaban disparadas. Según su juicio inmediato, aquello solo podía significar una cosa: alcoholismo.
Sin matices. Sin preguntas adicionales. Sin la menor intención de explorar otras posibilidades.
La sensación de estar siendo juzgada, etiquetada y prácticamente acusada fue devastadora. No por el diagnóstico —que aún no existía— sino por la violencia implícita de la actitud. Por esa facilidad pasmosa para dictar sentencia sobre la vida de alguien a quien no conocía de nada.
Se me derivó a una ecografía abdominal.
Meses después llegó el resultado: hígado graso no alcohólico en fase 3.
El médico que realizó la prueba fue demoledor. En los casos de origen alcohólico —me explicó— basta con eliminar el alcohol para observar mejoría. Pero en mi situación, al no existir un factor evidente que suprimir, el panorama no era precisamente alentador.
Fue un mazazo.
De vuelta a consulta, y tras insistir nuevamente, supliqué que se mirara más allá. Algo no encajaba. Mi estado general no podía justificarse únicamente por aquello. Mi madre, con noventa años, estaba objetivamente mejor que yo con sesenta y cuatro.
Finalmente fui derivada a digestivo y neurología.
Tuve la inmensa suerte de encontrar una neuróloga que decidió escuchar. Escuchar de verdad. Tras valorar el conjunto de síntomas, optó por ingresarme para realizar un estudio exhaustivo.
Durante un mes estuve en el hospital donde me sometieron a pruebas de todo tipo.
El resultado fue completamente inesperado: había padecido una infección poco frecuente llamada Fiebre Q, capaz de afectar, entre otros órganos, al hígado.
Aquello lo cambió todo.
El resto de la historia te lo iré contando en el blog. Solo adelanto algo importante: lo que inicialmente se presentó como una especie de condena permanente terminó siendo reversible.
No hubo milagros.
Hubo decisiones, voluntad y constancia.
Y aquí es importante que deje algo muy claro.
No doy diagnósticos ni sustituyo consejos médicos. Este es únicamente mi testimonio personal. Lo que a mí me ocurrió, lo que yo probé y lo que en mi caso funcionó.
Cada organismo es distinto. Cada persona tiene su propia historia clínica. Puede que lo que me ayudó a mí no sea válido para todo el mundo. Puede que tú tengas otras patologías o circunstancias que yo desconozco.
Por prudencia y responsabilidad, cualquier cambio que decidas hacer deberías consultarlo siempre con tu médico.
También quiero aclarar algo más. Esta web no nace con ánimo de lucro ni pretende vender soluciones milagrosas. Aquí no hay consultas, ni terapias, ni programas ocultos.
Sí encontrarás algunos enlaces de afiliados a suplementos o productos que yo misma utilizo. Si decides comprarlos a través de ellos, recibiré una pequeña comisión que me ayuda simplemente a sostener los gastos de mantener esta página.
Nada más.
Por supuesto, nadie está obligado a usarlos.
Si mi experiencia puede servirte, me daré por satisfecha.
Te doy la bienvenida.
Muriel
