Entré en la consulta con esa tranquilidad ingenua que uno lleva cuando cree que los análisis van a confirmar que todo es una tontería. Yo seguía encontrándome fatal, sí, pero aún conservaba esa esperanza absurda de que todo tendría una explicación sencilla.
La doctora cogió los resultados.
Los miró unos segundos.
Y entonces hizo ese gesto que jamás olvidaré.
Bajó ligeramente la cabeza… y me miró por encima de las gafas.
No fue una mirada neutra. No fue una mirada médica. Fue esa mirada que, sin saber por qué, ya te pone incómoda antes de que nadie abra la boca.
Y abrió la boca.
—¿Tú bebes?
Así. A bocajarro. Sin introducción. Sin contexto. Sin anestesia conversacional.
Durante un instante pensé que la pregunta era casi retórica, algo dicho sin demasiada intención. Contesté con total naturalidad, incluso con cierto tono despreocupado.
—Bueno… a veces. Como todo el mundo. Una copa de vino si voy a un restaurante, una copa de cava en algún cumpleaños…
No me dio tiempo a terminar la frase.
—¿Solo?
La palabra cayó seca. Cortante. Con un tono que ya empezaba a sonar a interrogatorio policial más que a consulta médica.
—Sí, claro —respondí—. No cada día ni nada de eso.
Otra vez la mirada por encima de las gafas.
—¿Seguro?
Aquello ya empezaba a resultarme francamente incómodo.
—Sí.
—¿Seguro?
La insistencia tenía algo profundamente desagradable. No era curiosidad clínica. Era incredulidad. Como si mi respuesta no encajara en el relato que ella ya había decidido creer.
Yo empezaba a sentir esa sensación extraña de estar justificándome por algo completamente absurdo.
—Que sí —insistí—. No bebo.
Silencio.
Mirada.
Pantalla.
Mirada otra vez.
—¿Nada?
Ahí fue cuando la paciencia empezó a resquebrajarse.
—Nada fuera de lo normal —respondí, ya visiblemente molesta—. Lo que te acabo de decir.
Pero la escena no terminaba.
—¿Seguro?
A esas alturas la conversación ya no tenía absolutamente nada de médica. Era un cuestionamiento continuo, una especie de sospecha muda que flotaba en el ambiente de forma casi tangible.
Y entonces, cuando ya empezaba a estar bastante harta del asunto, soltó la frase como quien lanza una bomba en mitad de la mesa:
—Tienes las transaminasas por las nubes.
No necesitó explicarme nada.
No hacía falta.
Yo sabía perfectamente lo que significaba aquello.
Y precisamente por eso, la irritación se transformó en algo mucho más cercano a la indignación.
—Desde luego por bebida no es —respondí con total firmeza.
Porque la insinuación implícita ya era demasiado evidente.
Ella no discutió. No rectificó. No pidió disculpas. Simplemente tecleó algo en el ordenador con esa calma burocrática que resulta casi irritante en ciertos contextos.
—Te voy a dar cita para digestivo.
Así. Sin más.
Como si toda la escena anterior no hubiera ocurrido.
Como si aquel interrogatorio incómodo hubiera sido una conversación perfectamente normal.
Yo me quedé mirándola.
—¿Y eso cuánto tarda?
Porque cualquiera que viva en España sabe que esa pregunta no es precisamente trivial.
—Pues… —dijo, encogiéndose ligeramente de hombros—. Un tiempo.
Un tiempo.
Maravillosa precisión médica.
Y entonces formulé la pregunta más lógica del mundo.
—¿Y mientras qué hago?
La doctora levantó la vista de la pantalla.
Me miró.
Y respondió con absoluta tranquilidad, casi con indiferencia:
—Esperar.
Esperar.
Salí de la consulta con una mezcla difícil de describir. No era solo preocupación por los resultados. Era algo mucho más incómodo.
La sensación de que algo no cuadraba.
De que nadie parecía alarmarse demasiado.
Y de que, aparentemente, mi papel en toda aquella historia consistía en sentarme pacientemente a ver qué pasaba con mi propio cuerpo.
» Y mientras esperaba aquella cita que sabía que no sería precisamente inmediata, mi estado físico decidió seguir su propia evolución ››
Y si acabas de llegar te recomiendo empezar por el principio



